¿Necesitamos un «núcleo europeo»?
La UE ha muerto
A la vista de los actuales cambios tectónicos en la política mundial -desde una Rusia imperialista a una China sistémicamente competitiva y una política exterior estadounidense impredecible-, la Unión Europea en su forma actual parece una reliquia de un periodo de buen tiempo ya pasado.
Tenemos que afrontar la verdad: La cabeza de agua de Bruselas se ha osificado en su propia burocracia. Mientras el mundo funciona en modo crisis, la UE está enredada en el principio de unanimidad y en un parroquialismo institucional que nos condena a la insignificancia en la escena mundial.
El problema es inherente al sistema. Un aparato que se niega a modernizar radicalmente sus anticuadas estructuras no puede desarrollar ninguna fuerza exterior. Si los Estados miembros individuales pueden mantener a toda la Unión como rehén de los egoísmos nacionales, Europa pierde su capacidad de acción y, por tanto, su autoridad moral.
Esta agonía estructural es especialmente evidente cuando se considera la incapacidad de la comisión para transformarse de mero regulador en actor geopolítico. Nos asfixiamos en directivas para doblar pepinos o regular nichos de IA, mientras seguimos suplicantes en la defensa de nuestras fronteras exteriores y asegurando nuestra independencia energética.
Luxemburgo tiene un papel clave que desempeñar
Es hora de una liberación radical: la iniciativa de una nueva Europa central. La idea de una «Europa de dos velocidades» no es una invención de los euroescépticos, sino una vuelta a conceptos visionarios como el documento Schäuble-Lamers de 1994.
Ya entonces se reconoció que la ampliación sin la profundización simultánea de un centro capaz de actuar conduciría inevitablemente a la incapacidad de actuar. Hoy, ante el posible retorno de un «America First» aislacionista, esta diferenciación ya no es una opción, sino una estrategia de supervivencia.
La cabeza de agua de Bruselas se ha osificado en su propia burocracia.
Necesitamos una «Europa de dos velocidades», no como un acto de marginación, sino como un bote salvavidas vital para los valores occidentales. Una unión de los Estados que quieran y puedan vivir la verdadera soberanía.
Luxemburgo, en particular, tiene un papel histórico clave que desempeñar aquí. Como miembro fundador y mediador tradicional, el Gran Ducado siempre ha sido la fuerza motriz de las reformas de la UE cuando otros dudaban. Está en el ADN de Luxemburgo tomar la iniciativa para evitar que la idea europea se asfixie. El pequeño país ha demostrado a menudo que son precisamente los pequeños los que pueden proporcionar el liderazgo intelectual necesario cuando los grandes están atrapados en sus propios juegos de poder.
Un núcleo europeo unido desde las ruinas
Este nuevo núcleo europeo debe apoyarse en tres pilares que se complementen en un proceso fluido: En primer lugar, una voz común en política exterior debe marcar el fin del anterior principio de cacofonía. Quienes formen parte del núcleo representarán los valores occidentales ante el mundo exterior de forma unida y defensiva, sin esconderse tras las reservas nacionales. En segundo lugar, esto requiere una agilidad institucional radical: alejarse de la unanimidad paralizante y avanzar hacia decisiones por mayoría eficientes y estructuras que puedan reaccionar a las crisis en tiempo real, en lugar de estancarse en maratones de cumbres que duran años.
En tercer lugar, sin embargo -y éste es el fundamento-, ésta debe ser una democracia desde abajo. No debe ser un proyecto de los «eurócratas» que se decreta a puerta cerrada. La nueva iniciativa necesita la legitimidad directa del pueblo. Una Europa querida por sus ciudadanos y no decretada por sus burócratas es la única que puede resistir la tormenta del populismo.
Los que forman parte del núcleo representan los valores occidentales ante el mundo exterior de forma unida y defensiva, sin esconderse tras las reservas nacionales.
La vieja y engorrosa UE de los 27 fracasará debido a su propio peso, a su inflexibilidad y a los políticos de la UE que prefieren aferrarse a la actual cabeza de agua de la UE en lugar de buscar nuevos caminos. Pero de sus ruinas puede surgir un núcleo europeo eficaz, unido y dispuesto a defender activamente su libertad. Un núcleo eficaz, fuerte y unido que profundice en la integración, defienda los valores interna y externamente, mientras los demás Estados siguen asociados en un círculo más amplio.
La UE ha muerto… ¡viva la UE!
Artículo de prensa sobre el tema
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